Los calçots son uno de los tótem de la cultura catalana, y comer estas cebollas asadas –una calçotada- es todo un rito familiar, una fiesta, en la que te embadurnas bien, para luego, al terminar, pasar a la comida “de verdad”, la carne.

El calçot es una cebolla blanca, tierna y suave, que es Denominación de Origen Protegida en la zona de Valls, verdadera y única capital del calçotalandia. Se comen desde el final del invierno a principios de la primavera, asándose sobre una alta llama de sarmiento y cuando estén negros y echen espuma como Hulk, se agrupan, y se tapan a la espera de los comensales. Para comerlos –se recomienda ponerse un babero- hay que pelarlos y se comen mojados en salsa romesco o salvitxada. Siempre se come carne después, unas buenas butifarras, vaca, y si lo riegas con un vino de la tierra o cava, ya tienes la fiesta completa. Completa no, que de postre debes tomarte una naranja y una buena crema catalana.

La historia de los calçots es genial, se dice que por descuido se le quemaron a un agricultor del XIX unas de estas cebollas y en vez de tirarlas, las peló y, ante su sorpresa, vio que el interior estaba tierno y delicioso.

Al igual que la cebolla, los calçots son diuréticos, tonificantes, digestivos y afrodisíacos; además, contienen agentes anticancerígenos y son muy ricos en azufre (¿esto es bueno?).